martes, 18 de diciembre de 2007

Bienvenidos!

En este rinconcito de Soria donde se acurruca este pueblo todo puede pasar. Los contrastes de colores, de relieves, de sus gentes son lo que lo hacen maravilloso. Un lugar para perderse y no intentar encontrar el camino de salida, como hemos hecho varios. Esta no es la hermosura fácil de lo construido por la mano del hombre. Por Valderromán deambula el tiempo repartiendo milagros.
Se llega al pueblo internándose por carreteras estrechas entre la hermosura y el silencio. Al llegar, una encina frondosa y arrogante te da la bienvenida. La plaza es austera como cualquier plaza de pueblo castellano. La fuente da vida a los corrillos de señoras enlutadas en invierno y reúne a la mayor diversidad de gentes y edades jamás vistas juntas en verano alrededor de la fuente. Se pueden ver niños correteando o apagando su sed directamente del grifo de la fuente, cuya agua "lo cura todo" según dicen algunos.. Historias que se tejen y destejen cual si fueran las de Penélopes castellanas.
Se charla, se comparte una paella o la típica caldereta de cordero de la tierra. Se discute incansablemente sobre lo que deberían hacer los demás y se arreglan las necesidades de esta comarca olvidada por gobiernos, ayuntamiento y junta. También surgen amores tempranos, amores tardíos y amores imposibles alrededor de la fuente.
A los "nuevos" en el pueblo, se les tira al pilón como especie de macabro bautizo o de castigo por no ser de allí, por ser forastero.
Al frente de la fuente se levanta el lavadero. Tiene un pilón enorme dividido en dos separando el agua enjabonada, de la de aclarar. Las más asiduas son mujeres que se niegan a unirse a la civilización (qué sabias son). Siguen lavando a mano con jabón hecho con sosa.

Enfrente se alza la Iglesia de la Magdalena. Una iglesia austera, sencilla que ha visto bautizos, comuniones, bodas y entierros.

El viajero llega a Valderromán LA ENCINA. El gigante verde expande sus brazos de 6 metros de largo en un cálido abrazo de bienvenida a forasteros y locales que se impresionan ante la majestuosidad de su porte. Pero nuestra amiga no está sola; vive rodeada de duendecillos y hadas que habitan el enorme encinar. Y tiene, como cada una de las encinas que conforman el monte, su propio dueño.
A la Fuente de los Huertos van los críos a pescar renacuajos, apaga la sed de las ovejas y es testigo mudo de corrillos en verano.
Más allá, casi llegando al Atalaya está la Fuente del Pollar. Hermosa, serpenteante.

Así es este pueblo: ansioso de vistas en verano, aletargado por el frío invierno de la meseta, salpicado de amapolas en primavera y teñido de indescriptibles colores en otoño. Un pueblo que dormita entre encinares y buitres leonados.


3 comentarios:

Diario de un burgense dijo...

Te doy la bienvenida a la blogosfera soriana y espero que tu blog no caiga en el olvido y tengo interesantes e inmumerables entradas.

Un saludo.

Diario de un burgense.

Bettina dijo...

Muchas gracias, un saludo desde la sierra.

Bettina dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.